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Citado en el libro "De qué hablo cuando hablo de correr" H. Murakami

domingo, 23 de agosto de 2015

Hijos.

"Tener hijos es un acto de profunda irresponsabilidad" me dijo una buena amiga cuando le mostré mi íntima mezcla de felicidad y terror al saberme embarazada de mi primera hija.

No le faltaba razón, siendo como somos, de las personas que que no nos perdonamos un daño evitable o de las que hasta hace dos días, aspirábamos a controlar el futuro.

Hay tantos tipos de padres como hijos en el mundo. No solo porque igual que uno no se baña dos veces en el mismo río, no somos los mismos padres con cada uno de nuestros hijos, sino porque además, somos hijos de nuestros padres. Nuestra relación con ellos, los recuerdos felices y desgraciados son, para bien o para mal, nuestra referencia.

En los últimos meses, no sé si por búsqueda propia o casualidad, me he topado con conversaciones y artículos interesantes sobre la paternidad, la educación de los hijos y los motivos que llevan a decidirse a dar el paso.
Motivos económicos y racionales unos, puramente emotivos otros, y también los hay como ... "descuidaos". A fin de cuentas es bastante natural que no examinemos demasiado por qué hacemos aquello que podemos hacer sin necesidad de ningún requisito excepcional. Los humanos tenemos hijos. Es parte de esa rutina de la vida que uno no se cuestiona necesariamente.

Pue sí, si uno lo piensa detenidamente, tener hijos es firmar un contrato cuyo cumplimiento nadie puede garantizar a priori. Hace falta ciertas dosis de locura e irresponsabilidad para decirle a alguien: te protegeré siempre.

Pactar sin saber las condiciones. Regalar tu tiempo, tu descanso, tus posibles logros laborales, tu ocio. Saber que aunque el dinero nunca fuera determinante en tu vida, empezará a serlo, porque ya hay alguien a quien no va a faltarle nada fundamental si está en tu mano evitarlo.
Y por si esas condiciones fueran poco leoninas, encima son cambiantes. A medida que crezcan, habrás de hacerlo con ellos e ir adaptando tu estrategia: desde el principio, cuando los gestos lo son todo, pasando por la aceptación de tu opinión sin reservas, hasta llegar al momento en que tan solo suspiras porque te otorguen el beneficio de la duda.

Hoy he leído este artículo y me ha llamado la atención lo siguiente:
"Quisiera tener algún conocimiento de pedagogía...el suficiente para determinar a qué edad se da el paso de la obediencia mecánica a la racional"
Yo también me lo he preguntado. Es ese proceso brumoso en el que ya solo puedes confiar en que el amor y los hechos probados respondan por ti, y el respeto ganado a pulso supere el juicio. Si llegados a ese punto tus haberes no son suficiente, no hay nada que hacer: has perdido.

Pierdes, tu derrota será dolorosa y no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Lo más j*dido de todo, lo que no pone en ningún contrato, es que ni siquiera podrás dejar de quererlos.

Recuerdo cuando me casé y me preguntaron aquello del amor para siempre. Era algo que me agobiaba mucho. Era mi intención, pero me parecía tan absurdo prometer algo que no estaba en mi mano cumplir, que cuando me interpelaron, introduje mentalmente un "intentarlo" en la frase.

Pues quizás sea la confesión de esa vulnerabilidad la que nos haga fuertes cuando llegue el momento de la obediencia racional, cuando para ellos sea relativamente sencillo olvidarte, ningunearte o escuchar con condescendencia tus argumentos. Tal vez entonces, es el momento de decirles que, sin embargo, tú no dejarás de quererlos.
Aunque quieras hacerlo no está en tu mano. Así son las cosas.

Es un contrato leonino al que no puedes renunciar aunque la otra parte lo haya hecho.
Y aún así lo firmamos, porque nada hay tan grande y hermoso en la vida, como asumir la responsabilidad de acompañar a un ser humano.







viernes, 14 de agosto de 2015

Resiliencia es una hermosa palabra.

Albert Einstein's exam of maturity grades (bw)

Por fotocopia digitalizada www.biografiasyvidas.com [GFDL], undefined
Vía Wikimedia

La definición de resiliencia que mejor conocía era la siguiente:
"capacidad de memoria de un material para recuperarse de una deformación, producto de un esfuerzo externo"
Si el esfuerzo aplicado prosigue más allá del límite elástico del material, éste plastificará, como el chicle o la goma justo antes de romperse y deja de ser lo que era.
Ser resiliente es una cualidad casi mágica que permite almacenar la energía que te deforma durante el período elástico, es una virtud propia de superhéroes.
Te estiran, cedes, te adaptas y cuando sueltan, vuelves a tu configuración original. Todo ese proceso sin dejar de ser lo que eras, sin romperte ni alterarte sustancialmente.

No elegimos el país, la ciudad ni la familia en la que nacemos y nos criamos, sin embargo de sus características dependerá buena parte de nuestro aprendizaje. En todos los sistemas educativos del mundo existe una relación favorable entre las buenas condiciones socioeconómicas del niño y sus resultados académicos. Factores como el nivel cultural de los padres, la disponibilidad de medios y entorno adecuado para estudiar, acceso a libros, información o el poder participar en actividades enriquecedoras y estimulantes, son características ligadas a mejores resultados. Y lo contrario, por desgracia, también es cierto.
Por eso es tan valioso un buen sistema educativo universal y público. Es la mejor manera de torcerle el brazo al azar y tratar de compensar la desventaja con la que parten muchos niños. Aún así, el lugar del que vienes y al que vuelves al terminar las clases, define tus oportunidades mucho más de lo que podríamos pensar. Es tan complejo y persistente el problema que en muchas ocasiones corremos el peligro de considerarlo un mal inevitable.

Bueno pues no, no siempre.
Entre nosotros habitan los resilientes, unos pequeños héroes que se empeñan en contradecir las tendencias y sobreponerse a sus condiciones de partida, arrojando unos resultados que a priori, no esperaríamos de ellos.

Este informe analiza dónde están, cuántos son y en qué sistema. También analiza las circunstancias en las que es más probable que esa resiliencia se manifieste.
Los puntos de partida:
  • Alumno "desfavorecido": aquel incluido en la categoría "pocos recursos" del índice de Recursos Educativos en el Hogar. En líneas generales, son alumnos que dicen disponer de menos de 25 libros en casa, no tener un sitio propio para estudiar ni conexión a internet y ninguno de sus padres tiene estudios más allá de la Secundaria.
  • El alumno es "resiliente" cuando sus resultados en la prueba estudiada (TIMSS 2011) son iguales o mejores que la "Referencia Internacional Media"(*).
Las conclusiones:
La primera es que hay más alumnos resilientes en los sistemas educativos con mejores resultados. En principio, cuantos menos alumnos desfavorecidos haya en un sistema educativo, mayor será el porcentaje de resilientes entre ellos, pero no siempre (ver el caso de Hong Kong vs Rumanía). Es decir, cuanto mejor el entorno, mejor para todos.

La segunda nos dice que tener aspiraciones mejora el resultado. Desear ir a la universidad puede ser una característica que te haga hasta un 78% más probable de ser resiliente, frente a no desearlo. Algo similar ocurre con la importancia que le conceden a la materia que estudian (en este caso concreto, matemáticas).

La tercera me resulta especialmente grata. En muchos sistemas educativos es un 75% más probable ser resiliente si eres de los que cree que tu profesor te considera capaz de obtener buenos resultados. Es aquello de la "confianza que te vuelve confiable".

Y la cuarta es muy obvia: el acoso es una peste que estropea lo que toca.

Estas son las que me han parecido más destacables pero hay otras, que afectan al centro escolar más que al alumno, que también son interesantes. Merece la pena leer el informe completo.

Esas conclusiones son enseñanzas que ayudan a mejorar el sistema. Son pistas para futuras políticas educativas, medidas que ha de ser probadas y evaluadas de nuevo para ver si arrojan resultados positivos o no. Es la manera en que el sistema permanece en evaluación continua, la única manera de corregir deficiencias y potenciar fortalezas.

Pues para estas cosas sirven las evaluaciones del aprendizaje, por eso son necesarias y deseables. Y por eso actuamos en contra de nuestros propios intereses - y lo que es peor, el de nuestros niños - cuando utilizamos los análisis y sus resultados como arma arrojadiza, ya sea política (entre partidos políticos), política (público vs privado), o política (grupos que utilizan la evaluación del sistema como evaluación del alumno).

Pero yo todo esto lo explico muy mal, así que por favor, leedla a ella, a la directora del Instituto de Estadística de la UNESCO.


Nota: Como curiosidad, los dientes de lapa y la seda de araña son los materiales conocidos más resilientes. Un respeto por los bichos pequeños.

martes, 28 de julio de 2015

Repetir curso. Lo que los profesores saben y los padres aún tenemos que aprender

Iba a escribir sobre libros de texto.

Otra vez el día de la marmota, lo sé. Pero es que Ciudadanos, a través de Luis Garicano, ha explicado su proyecto para la Educación en España, y se me ha llenado Twitter de menciones. Propone que los libros de texto sean “gratis”, los coles los presten a los niños y éstos los devuelvan al acabar el curso, pagándolos solo en caso de estropearlos de forma deliberada o similar. También propone reducir las repeticiones, por ser un sistema fallido que además, resulta carísimo.
Y se lió el debate.

No sé si es característica nuestra, no sé si es el sesgo de Twitter o de las personas a las que sigo, pero hay que ser muy perseverante para debatir con posturas e ideas preconcebidas tan arraigadas que se han convertido en dogmas de fe. Pero hay que hacerlo porque siempre merece la pena.
Iré por partes.

Repeticiones. 

Como dicen los expertos, repetir no es un sistema deseable si el objetivo es reducir el abandono temprano y mejorar la formación básica.

Sería soberbio por mi parte entrar a discutir en esos términos y no lo voy a intentar siquiera. Yo os voy a dar la visión de alguien interesado en el tema que antes, mucho tiempo ha, creía en la disciplina y las consecuencias como regla de oro. Pero ya no. Al menos no, como regla infalible, general y estricta.

Entre una postura y otra han pasado años, la disposición adicional quinta de la LOMCE y sobre todo, la maternidad propia y ajena.

Repetir un curso en primaria es casi anecdótico, al menos hasta 5º o 6º. Los problemas empiezan en la ESO y no solo los escolares, empiezan todos los problemas. Porque repetir es un “castigo” demasiado a largo plazo cuando tienes 13-14 años, como para que sea efectivo.

Cuando un chaval lo hace tan mal durante el curso, como para llegar a ese extremo, no suele ser por incapacidad, sino por otro tipo de motivos. Solucionarlo, separándole de sus compañeros - en un momento en que la pertenencia al grupo lo es TODO -  obligándole a trabajar de nuevo materias que cree que ya conoce, enfrentarle a lo mismo que ha odiado o que considera que es incapaz de aprender,  - porque tal o cual materia “se le da fatal” -  haciendo exactamente lo mismo que hizo mal el año anterior, no parece un método muy eficiente.

Foto: hdimagelib.com
A los 14 años ante esa situación, muchas veces lo único que se consigue es el pasotismo total, la demostración fehaciente de que “el mundo me es hostil”, el aburrimiento y la rebeldía absurda cuando no, la inseguridad o el miedo. Y te plantas en los 14-15. Y ven los 16 tan a la mano, que saben que tiene la partida ganada a sus padres. Y lo que es peor, los padres se dan cuenta que, efectivamente, tienen la batalla casi perdida.

Padres que pasan del enfado y el castigo, a la negociación y la casi súplica, cuando ven horrorizados que su hijo, que era un chaval listo y “bueno”, está a punto de dejar de estudiar, con la soberbia propia de la adolescencia.
Si repetir fuera una buena solución, en España no tendríamos un problema de abandono escolar temprano como el que tenemos.

No sé cual es la receta, no sé si hay una única receta, pero estoy segura que esperar a solucionar el problema en el peor momento para hacerlo, es como esperar a beber cuando tienes mucha sed, en una carrera de larga distancia.

Nuestros hijos no son nosotros. Su mundo no es el que fue el nuestro. Su educación no puede ser la que nosotros recibimos y “nos fue de maravilla”. Ellos han cambiado mucho más rápido que nosotros y que los métodos y sistemas aplicados. Y aún más lentas que todo eso, son las políticas educativas en España. No confiamos en los expertos, no respetamos la profesión lo suficiente como para preparar a los mejores y dejarles hacer. La política entra a saco y todos queremos ver objetivos y resultados estandarizados.

Tenemos serios problemas para experimentar, medir resultados y rectificar. Los padres somos cobardes en general y creemos que hay un momento para empezar a pensar, cuando en realidad sabemos que la educación comienza con el primer hálito de vida.
Protegemos de lo inocuo, no dejamos que asuman pequeños riesgos, penalizamos el error, tratamos de asegurar unos mínimos. Enseñamos que guardar los talentos es una cosa prudente y sensata.

Foto: Flickr Creative Commons License
Los profesores, “corrigen”. Las respuestas erróneas, restan puntos. El rincón de pensar, es un lugar donde te castigan. No experimentamos mucho y trivializamos actividades fuera del circuito académico tradicional, que otros sistemas valoran. Son habilidades que consideramos inútiles, casi un entretenimiento.

El día que un adolescente te dice muy serio: “he aprendido que para encajar, no hay que destacar” es un día muy triste. Tal vez fue suficiente, en algún momento, ver cuánto podía dar de sí un joven. Creo que es mucho mejor, no intuir siquiera, hasta donde podría llegar.

Cuando leí el libro de Harari, entendí por primera vez, que la riqueza de la humanidad no era un pastel concreto a repartir, sino uno que crece, en el momento en que se termina el sistema de trueque y comienza el de la confianza en la obtención de frutos futuros. A veces pienso que en este tema seguimos en la economía del trueque, pretendiendo solucionar problemas diferentes, aplicando estrictamente las mismas reglas.

Aprender a aprender, me enseñaron unos cuantos maestros en San Sebastián. Aprender a seleccionar y combinar la información disponible, que cada vez es mayor, y construir nuevas cosas a partir de ella. Ser capaces de unir puntos aparentemente inconexos y plantear problemas diferentes.
Nuestros hijos tendrán que pasar toda su vida aprendiendo. Los cambios en su vida serán muchísimo más rápidos que los que vivimos nosotros. Nadie podrá permitirse el lujo de dejar de aprender constantemente. Y no sé si es eso lo que estamos “enseñando”.

Tal vez mi hija se olvide a los 5 minutos de los ríos de su Comunidad, pero me mostró un estudio tan sofisticado sobre los éxitos y trayectoria de las estrellas de YouTube que me dejó boquiabierta.
No sé si recordará la fórmula de la ecuación de segundo grado, pero es capaz de encontrar y utilizar la aplicación gratuita que necesita para hacer una reseña sobre su novela favorita para la clase de lengua, con U2 sonando de fondo -mamá no me digas que los conoces (¡)-  y lograr que todos sus compañeros deseen leer el libro. Un fin de semana trasteando con imágenes, vídeos, canciones y textos adolescentes en inglés. Y al final todos preguntando: “¿cómo has hecho eso? Eso no lo hace la aplicación que manejamos en el cole.”

¿Ha demostrado saber lo que le habían exigido o ha ido un paso más allá?
Ha descubierto, y yo con ella, que los caminos propuestos no son únicos y que a veces ni siquiera son los mejores.

Hay muchos expertos, muchos profesores y estudiosos que saben cómo hacer las cosas, hay recursos y los niños españoles nos son más tontos que los de otros países. ¿Entonces?

Creo que deberíamos tomarnos tan en serio la educación de las próximas generaciones, como para tener la humildad de atrevernos a cambiar, dejar de crear leyes educativas como quien inaugura pantanos y comprender que la educación básica es una base que se desarrolla a lo largo de muchos años permitiendo que los profesores desarrollen esa tarea adecuándose a los tiempos: experimentar, evaluar y cambiar el rumbo cuando sea preciso.


No, no sé cómo hacerlo, tan solo intuyo que lo que fue suficiente para mi, no lo será para mis hijas.

jueves, 23 de julio de 2015

El cuadro impresionista de la pobreza

Autor invitado: @Demostenes_av


Los últimos días ha habido una cierta polémica acerca de dos artículos de Joaquín Leguina, primero en El Mundo, luego en El País, con una aparición televisiva en La Sexta entre medias. En los tres casos ponía en duda la fiabilidad de las estadísticas sobre pobreza, a menudo presentadas por ONGs.

Como suele pasar en estos casos, en mi no experta, aunque creo que válida, opinión, el señor Leguina tiene parte de razón, y en parte se equivoca. Personalmente, no me cabe la menor duda de que las estadísticas son correctas. Otra cosa muy distinta es la labor de comunicación que se hace con ellas.

Parte del problema es lo que se llama “Falacia de composición”. Para entender un mundo complejo, los humanos tendemos a hacer simplificaciones de lo que nos rodea. Y a veces, eso nos puede jugar malas pasadas si simplificamos en exceso. En particular, solemos hacer generalizaciones como si grupos extensos de personas fueran homogéneos, cuando en realidad no lo son. Tomamos el todo como si fuera más de lo mismo de una de sus partes. Eso explica en parte los prejuicios contradictorios sobre ciertos grupos. Por ejemplo, para algunos los empresarios (todos) son malvados explotadores, mientras que para otros (todos) son verdaderos héroes generadores de puestos de trabajo… No es que un prejuicio sea correcto y el otro no. Más bien, se trata de grupos extensos en los que hay de todo y uno puede encontrar ejemplos tanto de una postura como de otra (aunque no siempre en la misma proporción, claro está). Lo que es incorrecto es generalizar a todos  los miembros del grupo como si fueran iguales, cuando no es así. Dejarse llevar por un prejuicio, positivo o negativo, es correr el riesgo de convertir al otro en alguien que no es.

Foto por Jan Truter, via Flickr (Creative Commons)

En este caso uno piensa en “pobres” y quizá le venga a la cabeza alguien viviendo en la calle y sin recursos, como las personas de la foto. A alguien quizá le sugiera alguien a quien le cortan la luz o el agua. Otra persona incluso pensará en simplemente no poder tomarse una caña en un bar, o irse de vacaciones. Y aquí está el problema. Es muy difícil definir qué es ser “pobre” de una forma en la que todos estemos de acuerdo. A ello se le añade que la información y las medidas que hay disponibles son todas imperfectas. Algunas, de hecho, muy imperfectas, con ejemplos de falsos positivos. Lo que no quiere decir sin embargo que no sea información útil y relevante, sobre todo tomada en conjunto.

¿Hay un 22% de pobres en España? Decir rotundamente “si” es probablemente falso. La respuesta más honesta que puedo dar, y hasta donde yo sé, que tampoco es tanto, es que depende de a que se refiera uno con “pobre”. Si estamos pensando en personas sin ingresos ni hogar, con toda seguridad no. Si pensamos en una definición mucho más “ligera” y general de gente con pocos ingresos que pasa apuros económicos, posiblemente sea una aproximación que no ande muy desencaminada, pero perderemos de vista la gravedad de la situación de los primeros. En cualquier caso, si intentamos describir una situación compleja como si todos los afectados fueran iguales, acabaremos con una imagen bastante alejada de la realidad. Lo que sabemos no proviene de mirar un gran número redondo, como 22%, sino distintos tipos de estadísticas, que van dando pinceladas que no siempre coinciden perfectamente, pero dibujan en líneas generales un mismo cuadro impresionista que observado desde una cierta distancia proporciona una imagen bastante clara.

La crisis se ha cebado especialmente en los sectores de la población con menos ingresos. Más allá de donde pongamos el umbral exactamente, la pobreza, en un sentido amplio, está aumentando en España, la gravedad de la situación de quienes ya tenían dificultades se está acrecentando, y hay poca controversia al respecto. Como me decía esta mañana en Twitter el sociólogo Pau Mari Klose, una veintena de indicadores apuntan en la misma dirección de forma consistente. Y esto es lo que Joaquín Leguina, incluso estando quizá de acuerdo, omite mencionar en sus artículos.

Ello no implica que la labor de comunicación de estas estadísticas esté exenta de crítica. Leguina tiene parte de razón en que a menudo se usan brochazos gordos y un tanto arbitrarios para simplificar en exceso una situación llena de matices y que parezca aún más grave de lo que ya es. Habrá quien justifique esta estrategia como una forma de movilizar a las masas en favor de una causa que se considera justa. Personalmente, yo prefiero tener una imagen más fidedigna de la situación, aunque sea a base de pequeñas pinceladas imperfectas, porque de lo contrario acabaremos aplicando las recetas equivocadas sobre un borrón difuso y con poco parecido con la realidad. No es posible darles de todo a todos, simplemente porque no tenemos los recursos para ello. Además, no todas las personas con problemas económicos necesitan una casa, ni todas pueden aprovechar un trabajo, o les solucionas los problemas con una prestación. Sólo haciéndonos una idea detallada de cuáles son las necesidades reales de la gente a nuestro alrededor podemos aspirar siquiera a ayudarles de forma efectiva. De lo contrario acabaremos intentando ayudar no a esas personas, sino a una caricatura de las mismas que sólo existe en nuestras cabezas. Y todo por no ser capaces de hacer el esfuerzo mental de ver que el mundo es más complicado y diverso de lo que nos gustaría pensar. 

sábado, 11 de julio de 2015

La política.

Éste, probablemente será un post naif. Me gusta la definición, porque me parece que nada naif puede haber en hacer algo deliberado.
Voy a escribir sobre Grecia y la Unión Europea como una "cuñada*" profesional, ni siquiera me voy a limitar, como hago tantas veces, a retransmitir de una forma más o menos literal lo escuchado en el último encuentro en el bar "Los Diablos Azules", donde dos estudiosos del asunto como son Ignacio Molina y Alejandro Barón, nos ilustraron entre cañas, oscuridad y una deliciosa temperatura.
Desde el anuncio del referéndum, hasta este mismo momento, creo que he leído, pensado, escuchado y hablado tanto sobre Grecia y la UE que me parece que el debate siempre ha estado ahí.
Semejante atracón de noticias, la rapidez de los cambios, la virulencia de las reacciones, todo lo que ha rodeado y rodea al enorme problema económico y político al que se enfrenta Europa, ha hecho florecer filias y fobias, intereses y miedos electorales, ha mostrado sectarismos en los medios de comunicación, periodistas haciendo política y también, periodistas haciendo periodismo.
No recuerdo dónde leí aquello de que solo se necesitan héroes cuando se va perdiendo la batalla, pero se levantó el telón y ése fue el escenario en el que entramos todos.
Nos hemos metido en la épica de Leónidas , hemos mencionado fábulas de cigarras y hormigas, hemos hecho de todo esto una lucha de superhéroes y súpervillanos. Era difícil no tomar partido. Estabas con el Bien, o con el Mal. Con los pobres o los usureros, con los trabajadores o con los vagos, con el Pueblo o el Capital.


Y todo lo que iba a escribir en este post se acaba de ir a paseo....................


Así cerré el borrador anoche, tarde, demasiado tarde para un jueves de una semana de calor infernal y trabajo agobiante.
Con esa mezcla de enfado y tristeza que te incapacita para escribir nada coherente, nada útil ni siquiera para entenderte a ti misma, apagué el ordenador.

Estaba furiosa porque se había publicado la propuesta de los griegos a Europa. Una propuesta que se pongan como se pongan los defensores de Syriza, era demasiado parecida a la rechazada por el 61% de los votantes, en el "histórico" Referéndum del domingo.

Estaba triste, también. Porque aunque desde el principio, el Referéndum me había parecido un acto irresponsable por parte de su gobierno (sí, no solo la pregunta, el modo y la causa me parecían dudosos, sino que abría la puerta a que el resto de los países europeos hicieran lo propio, y dejara de hablar la diplomacia para que hablara la ira del contribuyente), es que la única explicación que se me ofrecía a semejante contradicción, era que no había sido la respuesta a una pregunta, sino algo mucho más complicado.

Durante todo el tiempo el referéndum fue para unos ( la mayoría de los representantes europeos ), un sí o no, a la permanencia de Grecia en Europa, y para los otros ( en especial el gobierno griego ), una herramienta que permitiría negociar en mejores condiciones con los acreedores - triste momento aquel, en que los países que un día éramos compañeros de viaje en la constitución de Europa nos volvimos "acreedores" y "deudores" -.
Y si la última interpretación me parecía una mentira tan absurda que nadie podría creerla, la primera me producía un rechazo profundo.
Echar a un país del euro, según dicen,no es tarea sencilla, y da la impresión que hay que "animarle" a irse. Eso pasaría, pensaba yo, por el ostracismo, por la muerte económica total. No solo me parecía cruel, sino que pensaba que el posible castigo pendería cual espada de Damocles, sobre todos aquellos que algún día faltaran a sus deberes.

Soy naif, soy infantil o romántica, pero no estúpida. Ninguna organización humana puede sobrevivir sin hacer honor a la palabra dada, pero tampoco sin un margen para la fraternidad. No es que no sea posible, es que carece de interés embarcarse en semejante asunto.

Varoufakis, la estrella rutilante de carácter arrebatador salió, dimitido, subido a su moto. Se nos fue parte de la épica, de las ganas de hacer historia, de demostrar que los 300 de Leónidas esta vez no morirían, sino que aplastarían a Jerjes con todo el peso de su "superioridad moral", de su determinación y compromiso.

Pero mi enfado y mi tristeza venían, no de un posible acuerdo (que desde el principio deseaba), sino como ya he dicho antes, de la explicación posible a la inmensa contradicción que suponía preguntar a un pueblo si quiere una cosa, animarle a que la rechace con todas sus fuerzas porque ello le haría más fuerte para aspirar a algo mejor y acto seguido pactar algo muy parecido a lo rechazado.

Si yo, que deseaba el acuerdo como el mal menor, estaba estupefacta, no podía siquiera imaginar la cara de los ciudadanos griegos. No solo de aquéllos que habían demostrado a su "líder" que le seguirían al infierno si era preciso, votando "NO", sino de aquellos otros que habían clamado que aquello era un suicidio colectivo aceptando con su "Sí" las duras condiciones que seguro les esperaban.

Y ¿cuál era esa explicación "mucho más complicada"? La dada por el periódico The Guardian, que citando como fuentes a parlamentarios de Syriza, explicaba que "el gran No recibido en el referéndum representaba un voto de confianza en Tsipras, quien tenía apoyo popular para imponer tales medidas dolorosas, como ningún otro antes".

Y me pareció tamaña deslealtad a su gente que me deprimí cuando me explicaron que tal vez hubiese sido la única estrategia posible para que los ciudadanos griegos aceptasen transitar el camino que les esperaba.
Utilizar las herramientas de la democracia, decirle a unos ciudadanos que eran capaces de decidir su destino histórico, tan solo para llevarles, hasta el río, cual flautista de Hamelin, de forma ordenada y sin demasiaso alboroto en las calles.

Mi opinión de Tsipras no podía ser peor. La idea de que esa conducta fuera necesaria, incluso, aceptable, me repugnaba hasta la náusea.

Y entonces me topé con Max Weber (miento, lo busqué, porque una idea suya, citada por Ignacio Molina, me daba esperanzas de encontrar algo de lógica en tanto sinsentido) y leí su conferencia "La política como vocación", impartida en 1919.

"Toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas entre sí e irremediablemente opuestas: puede orientarse mediante la “ética de la convicción” o conforme a la “ética de la responsabilidad” (...) Cuando las consecuencias de una acción realizada conforme a una ética de la convicción son malas, quien la ejecutó no se siente responsable de ellas, sino que responsabiliza al mundo, a la estupidez de los hombres o a la voluntad de Dios que los hizo así. Quien actúa conforme a una ética de la responsabilidad, por el contrario, toma en cuenta todos los defectos del hombre medio (...) y no se siente en situación de poder descargar sobre otros aquellas consecuencias de su acción que él pudo prever. Se dirá siempre que esas consecuencias son imputables a su acción. Quien actúa según la ética de la convicción, por el contrario, sólo se siente responsable de que no flamee la llama de la pura convicción, la llama, (...) Prenderla una y otra vez es la finalidad de sus acciones que, desde el punto de vista del posible éxito, son plenamente irracionales y sólo pueden y deben tener un valor ejemplar. Nadie puede, sin embargo, prescribir si hay que obrar conforme a la ética de la responsabilidad o conforme a la ética de la convicción, o cuándo conforme a una y cuándo conforme a otra. Lo único que puedo decirles es que cuando en estos tiempos de excitación (...) veo aparecer súbitamente a los políticos de convicción en medio del desorden gritando: “El mundo es estúpido y abyecto, pero yo no; la responsabilidad por las consecuencias no me corresponden a mí, sino a los otros (...) cuya estupidez o cuya abyección yo extirparé” (...) Tengo la impresión de que en nueve casos de cada diez me enfrento con odres llenos de viento que no sienten realmente lo que están haciendo, sino que se inflaman con sensaciones románticas. Esto no me interesa mucho humanamente y no me conmueve en absoluto. Es, por el contrario, infinitamente conmovedora la actitud de un hombre (...) que siente realmente y con toda su alma esta responsabilidad por las consecuencias y actúa conforme a una ética de responsabilidad, y que al llegar a cierto momento dice: “No puedo hacer otra cosa, aquí me detengo”. Esto sí es algo auténticamente humano y esto sí cala hondo"
Y bueno, ya no sé qué pensar. Si la convocatoria del referéndum me pareció un acto producto de la "ética de la convicción" con consecuencias no medidas y responsabilidad despreciada, su utilización en una estrategia dentro de la "ética de la responsabilidad" me descoloca.
Ojalá se hubiera dicho la verdad, o al menos no se hubiera mentido tanto. Ojalá fuera todo menos turbio. Ojalá, más soportable.
No lo sé. Solo me queda la esperanza que Europa esté cerca del sitio donde la imagino y deseo. Responda con generosidad, juego limpio y pensemos que nuestros errores hacen creer a algunos, que este tipo de trampas son necesarias.

Y mientras termino el post más largo de mi vida, en el parlamento griego, están debatiendo la mencionada propuesta del gobierno de Tsipras a las Instituciones europeas. Y estas cosas se dicen:
Juzguen ustedes la vigencia de lo escrito por Weber hace casi 100 años.

PD: En este post iba a mencionar al padre Declan (sí un cura de verdad), que tuvo la amabilidad de explicarme en unos cuantos tuits, la dichosa parábola del hijo pródigo. Y no,  no va de un hijo sinvergüenza al que premian solo por lamentarse y un hermano trabajador que tiene que ver cómo su esfuerzo no vale nada y pagar la fiesta.
No, va de dos hijos que querían al padre cada uno por su propio interés y un padre que los amó tanto, como para aceptarlos siempre.
Era demasiado fácil la analogía.
Gracias "pater".

domingo, 5 de julio de 2015

Preguntas y respuestas (la otra cara del despilfarro de comida).

Autor invitado: Manuel Bruscas
@Manuel_Bruscas

“¡Ay!, al camino recto, por el más torcido,
vengo directo, ¡ay!, a hablar contigo
de nuestros derechos constitutivos”
(Roberto Iniesta)
 Hace unos días abrí en Change.org una petición para que la Comisión Europea obligue a los supermercados a donar la comida que les sobra, a ONGs y entidades sociales. En realidad se trata de una acción promovida desde varios países europeos y está inspirada en el éxito logrado por Arash Derambarsh, quien hace escasas semanas logró que el gobierno francés aprobara una ley similar. Queremos lograr 1 millón de firmas, y de momento, en apenas 2 semanas, llevamos ya 525.000 y algunos medios están empezando a hacerse eco de la iniciativa.
Una pregunta sacude mi cerebro “¿Por qué he iniciado esta petición?”. Necesito una respuesta. Sí, soy un tipo existencialista.  
  • La respuesta racional.
Echo la vista atrás. Todo empezó hace casi 4 años. Una tarde Celia (mi mujer) y yo estábamos ordenando las estanterías de casa y había comida caducada. La lanzamos a la basura y a los dos nos recorrió un sentimiento de culpa. Celia me dijo: “Igual podríamos pensar algo para no tirar comida…”. Y me puse a investigar y a leer. Y descubrí el gran drama de nuestros días: en el mundo hay más de 800 millones de personas que pasan hambre y mientras tanto un tercio de la comida que producimos acaba en la basura. Entre kafkiano y vergonzoso. Y comencé a escribir sobre este asunto. Primero tuve la suerte de conocer a Gonzalo y a Lula, autores del blog 3500. Grandes personas los dos, me han brindado su estupendo blog en varias ocasiones para contar esta triste historia del despilfarro. Más adelante el destino quiso que Jordi Évole y el maravilloso equipo de "Salvados" dedicaran un programa al despilfarro de comida. Y allí hablé de la fruta fea y recordé que nadie en el mundo tendría que pasar hambre. Desde entonces he seguido escribiendo al respecto, me he reunido con muchas personas de la industria alimentaria, he participado en debates y conferencias, he colaborado con ONGs y he conocido a muchas buenas personas. En todo este tiempo, lo que más ilusión me ha hecho es que me contactaran personas que no conocía para pedirme consejo sobre cómo podían crear algún proyecto para acabar con el despilfarro de comida. Pero sentía que tenía que dar otro paso en este camino contra el despilfarro. Y abrí la petición, con ganas de seguir por el camino recto, que quizá es el más torcido. O viceversa. Pero…
  • La respuesta emocional.

El otro día estaba paseando con Celia y nuestra hija de 7 años. Les dije: “Vamos ya por 17.000 firmas”. Mi “canija” aún está algo liada con las decenas de mil y le dije que eso eran 17 veces mil, pero no estoy seguro si lo entendió. Me dijo “¿Para qué firma la gente?”. “Pues para que la comida que sobra en las tiendas se la den a los que no tienen nada que comer”. Y ella me dijo “Claro, papi, es una gran idea. Es lo que se tiene que hacer. Igual puedes contactar al presidente de La Tierra para que firme”. Y entonces me di cuenta. La pregunta correcta no es “¿Por qué he abierto la petición”?. La pregunta adecuada es “¿Por qué no la he abierto antes?” Y es que es de sentido común, es lo correcto: sobra comida, hay gente que no puede acceder a una alimentación digna. No hay mucho más que añadir. Porque…

  • Los sueños y la fraternidad.
…porque vivimos en un mundo imperfecto. Pero está en nuestras manos rebelarnos contra las injusticias. Es el momento de reivindicar la “fraternidad”, el patito feo de la Revolución Francesa. Soñar despiertos, mantener despiertos los sueños. Nunca había pensado que una recogida de firmas tuviera mucho valor, hasta que descubrí que la autora de este blog (sí, hablo de Elena Alfaro) había conseguido recoger 300.000 firmas para que los libros de texto tuvieran un precio justo, porque hay muchas familias que no pueden pagar la educación de sus hijos. Elena persistió, y consiguió que el Congreso de los Diputados aprobara una iniciativa inspirada en su reivindicación. Así que sigo soñando, y sigo recogiendo firmas. Porque es mejor hacer algo que no hacer nada.  
Por último, quiero darle las gracias a Elena. No la conozco en persona, pero hemos intercambiado mails, hemos hablado por teléfono alguna vez y hace un tiempo escribimos un artículo a medias. Ella es una optimista irredenta y es tan buena gente que me ha cedido su blog para que os hablara de este asunto. Lo bueno de Elena es que está siempre abierta a debatir y eso que discrepamos en algunos temas (Pablo Iglesias y su mirada es el tema estrella). A los dos nos apasiona la música, así que me tomo la libertad de cerrar el post con una canción. He escogido ‘Send Away the Tigers”, de Manic Street Preachers. Una canción que me transmite fuerza, ganas de cambio e inconformismo.

martes, 9 de junio de 2015

We are Borg... Y no se está tan mal.

Autor invitado: @Demostenes_av

Aunque sólo sea por llevarle un poco la contraria a Elena y fomentar el debate, voy a dar una visión un poco distinta al tema de su último post.

Siguiendo un poco con la analogía de los Borg que planteaba Elena, tengo que daros una mala noticia: Ya estamos parcialmente asimilados, aunque no nos demos cuenta a veces. La buena noticia es que parece que en realidad, tampoco es tan malo, siempre que tengamos un poquito de cuidado.

Elena ya comentaba la diferente perspectiva ante la privacidad que tienen las personas de más edad comparados con los más jóvenes. Sin embargo, las mismas personas que se muestran muy celosas de sus datos personales más triviales, a la vez tienen la mayor parte de todos su información más sensible en registros de diversas administraciones públicas, desde dónde viven a cuánto cobran, con quién están casados o su historial de enfermedades.
Si alguien está en este momento poniendo cara rara y pensando en qué tendrá que ver eso con la privacidad, quizá debería pensar que en Estados Unidos no existe el equivalente federal al Documento Nacional de Identidad porque para algunos sectores de su población, la mera exigencia de estar inscrito obligatoriamente en un registro del gobierno es la marca de un estado totalitario. Tal cual. El que a la mayoría de nosotros ese concepto nos pueda parecer ridículo ya es una seña de hasta que punto estamos asimilados en el sistema. Claro, que nosotros en general no creemos que el gobierno nos espíe.
Aprovecho para mandar desde aquí un saludo a los ordenadores de la NSA que estarán examinando este post.

Pero no es el único caso, claro. Las compañías telefónicas guardan un listado detallado de cuándo y a quién llamamos para cobrar por ellas. Lo mismo puede decirse de las compañías de agua, electricidad, gas... Nuestra compañia de seguros sabe que accidentes tenemos, el banco sabe cuanto dinero tenemos y la compañía de la tarjeta de crédito, en qué lo gastamos.
Son comunes las tarjetas de puntos de distintas empresas (grandes superficies, combustibles, compañías aéreas, ...), en principio utilizadas para fidelizar a clientes, pero que también dan la posibilidad de estudiar sus hábitos de consumo. Claro, pasar la tarjeta de puntos en el supermercado no parece nada del otro mundo, pero al hacerlo está quedando reflejado dónde, cuando y qué compro, tan seguro como que Google utiliza nuestras búsquedas para colarnos después en cualquier página la publicidad que más nos podría interesar.

Elena titulaba su post "Asústate si tras comprar foie-gras recibes anuncios de botas para niños". Eso puede querer decir que alguien ha deducido que cuando compras foie-gras es porque preparas bocadillos para una excursión, y se adelanta a tus necesidades. Inquieta que alguien pueda conocernos así de bien, conociendo incluso cosas que no le hemos dicho a nadie, pero ¿es eso malo? Tras una primera sensación de un cierto pudor, la verdad es que en ese caso la empresa no intenta perjudicarme, sino ayudarme (interesadamente, claro) ofreciéndome algo que puedo necesitar. Si en lugar de una empresa el comentario me lo hiciera un amigo, la reacción sería mucho más positiva. Me viene a la mente ahora el anuncio de una marca de complementos dietéticos, en el que tres amigas sentadas a una mesa deducen que una cuarta se va a casar porque tiene unas barritas sustitutivas para adelgazar, con la consiguiente alegría para todas.

La inquietud proviene probablemente de la falta de confianza en quien sabe tanto de mi, y en si lo va a usar bien o mal. Aunque no consigo imaginar cómo alguien puede usar en mi contra el dato de que mis hijos se van de excursión, sobre todo porque ni siquiera tiene por qué ser verdad. El Big Data puede hacer conjeturas y suposiciones, y a veces acertará pero otras muchas fallará, aunque le daremos más importancia y recordaremos más al primer caso que al segundo. Por ello, es normal pensar que saben de nosotros más de lo que realmente saben, y tener la duda de si pueden saber algo más. El caso es, que esta difusión de datos personales está ya mucho más extendida de lo que muchos de nosotros pensábamos, y la verdad, salvo un cierto sentimiento de alarma, no veo que nos esté afectando demasiado.

La recopilación de datos personales con autorización, incluso en temas enormemente sensibles, es algo habitual, tanto para estudios médicos o científicos como para por ejemplo encuestas. Muchos de los datos privados en posesión de las administraciones públicas que comentaba al principio, son publicados rutinariamente, una vez anonimizados, en forma de estadísticas, por ejemplo por el INE. Estos datos tienen un valor enorme para la sociedad como conjunto, si bien para mantener esa confianza es necesario que no puedan ser utilizados en contra de los individuos que los generaron. No es un escollo insalvable, ni mucho menos. Como cualquier tecnología, debe ser utilizada con responsabilidad. Y hay que recordar que nuestra legislación ya da una cierta protección a nuestros datos personales, con especial cuidado en datos particularmente sensibles como los médicos.

Debe quedar claro, por supuesto, que siempre estoy hablando de la recopilación restringida de datos de forma voluntaria, informada y con un tratamiento posterior adecuado. Si no se reunen esas tres condiciones estamos hablando de cosas muy distintas, y que pueden ser muy graves. Por no mencionar el mal uso que se pueda hacer de todo lo que publiquemos en internet. Quien escribe esto comenta habitualmente sobre temas sociales, políticos y económicos en Twitter bajo pseudónimo, no con ánimo de trolear impunemente, sino por la simple precaución de aislar mi vida personal y mi trabajo de mis opiniones. Probablemente es una precaución innecesaria en una sociedad razonablemente moderna, pero no me cuesta nada. Por otra parte, cada vez que hago una compra por internet y doy los datos de mi tarjeta de crédito, me aseguro antes de que la conexión esté cifrada. No evitará que Visa tenga mi perfil de consumo, pero si que nadie más pueda comprar algo a mi costa.

Si me preocupa la privacidad (y lo hace) la solución no es renunciar a las ventajas de un mundo rico en información, sino gestionarla adecuadamente y de forma responsable.

jueves, 4 de junio de 2015

Distopía o cómo debes asustarte si tras comprar foie-gras recibes anuncios de botas para niños.


-No te asustes. Ponte en pie y deja que te mire.
-Eres uno de esos seres-máquina que quieren hacernos daño.
-Eso es lo último que quiero hacer. Estoy aquí para ayudarte. A todos.
-Quieres asimilarnos.
-Sí, no es nada de lo que haya que tener miedo. Te gusta tener amigos ¿verdad? La asimilación nos convierte a todos en amigos. Y nos hace estar tan cerca unos de otros, que puedes oír los pensamientos de los demás.
-¿Y eso es divertido?
-Sí. Es divertido.

Los Borg, son una de las culturas alienígenas que más me ha fascinado de la serie de ciencia ficción "Star Trek". Su forma de hablar, en primera persona del plural  -"We are borg" -, la frase "resistance is futile" (la resistencia es inútil), su mente colmena con la que renuncian a la individualidad a cambio del progreso y la "felicidad" del sentimiento compartido con toda la especie. Y sus naves, cubos compactos representativos del mismo espíritu, quizás porque el cubo es una de esas figuras capaces de llenar el espacio.
Luego está el objetivo. Los Borg no quieren poder ni riquezas. Los Borg aspiran a la excelencia, a alcanzar la perfección como especie incorporando todas las culturas que encuentran a su paso a su propia esencia. Las culturas asimiladas desaparecen como tales, con sus miserias y grandezas, y pasan a guardarse para siempre en el conocimiento colectivo y compartido de los Borg.

Es la especie perfecta para ser el archienemigo en una historia del salvaje oeste. El escenario ideal para que héroes solitarios, alegales o directamente criminales, consigan hacer triunfar el libre albedrío sobre las ventajas y racionalidad del colectivo.
"¿Es eso divertido?" pregunta el niño.

Esta historia de Star Trek, venía a mi mente mientras escuchaba a Maarten den Braber en la conferencia "Big Data. El poder de los datos" organizada por la Fundación Innovación Bankinter el pasado 21 de mayo.

Maarten es un apasionado de la tecnología y en las distintas empresas que ha fundado miden y miden, cualquier cosa que sucede alrededor del cuerpo humano. Cada día a las 20:36 toma una fotografía, esté donde esté (fuimos testigos los allí presentes de que se lo toma en serio).
Maarten se monitoriza. Se pesa, mide su ritmo cardiaco y nos propone imaginar que pudiéramos relacionar esas fotografías tomadas cada día, con el ritmo cardíaco del momento. Se podría saber mucho de nosotros con esas dos variables juntas.
Todo cuanto contó Maarten es interesante, fascinante y con un toque casi terrorífico. No tanto por lo que explicaba sino por la alegría y emoción que transmitía.Todo lo tenéis en ese vídeo que os he enlazado. ¡Qué maravilloso sería, si nuestro médico dispusiese de nuestras constantes vitales a lo largo del tiempo, de nuestra presión sanguínea, nivel de azúcar en sangre o de colesterol! ¡Qué gran avance poder emplear esos escasos minutos de los que disponen para cada paciente en dar instrucciones precisas, aplicar medicación y no utilizarlos para tareas de rutina como auscultarnos o mirar nuestros análisis!

Mirad esto.
Es una empresa creada por un estudiante del MIT. Analizando la variación en los tiempos de respuesta al móvil (si lo dejas sonar más de lo habitual, si dejas de contestar llamadas o te cuesta más hacerlo, o sencillamente, si pasas de hablar y tan solo respondes con mensajes de texto) puede predecir cuándo una persona está, por ejemplo, a punto de caer en depresión y le ofrece ayuda.
O empresas de inhaladores con sensores incorporados, que localizan la posición del "device" cada vez que son utilizados y pueden recomendar a sus usuarios dónde ir o dónde no hacerlo, en función de los niveles de alérgenos/contaminación del aire.
Para lograr todas estas maravillas, que harán de la vida humana algo mucho más seguro, se necesitan datos. Cantidades ingentes de datos y nosotros somos los productores de dichos datos. Nuestra intimidad, nuestras rutinas, hábitos, pesos y medidas. Nuestros pensamientos son datos y nadie puede darlos salvo nosotros, pero una vez que los das, ¿quién es el dueño de esos datos?
["Is that fun?" "Yes. It´s fun"]

Me acordaba de esa frase cuando Sergio Martínez-Cava explicó un experimento que llevaron a cabo en Bankinter hace unos 6 años. El banco pidió permiso a una serie de clientes para localizar su teléfono móvil cada vez que el propietario sacara dinero de un cajero. Si el teléfono estaba cerca del cajero, todo correcto, pero si estaba lejos, existía la posibilidad de que alguien estuviera robándole.
El resultado fue sorprendente, o no tanto. La mayoría de los clientes menores de 27 años, no tuvo ningún problema en acceder a que localizasen su teléfono a cambio de esa ventaja. Los mayores de 27 sí pusieron reparos, muchos.
Yo los habría tenido, sin duda. Desactivo el GPS de mi teléfono y me rebelo contra mi Ayuntamiento porque me obliga a identificar la posición y matrícula de mi coche cada vez que deseo aparcar. Y encima, pago. No sé quién ni qué, hacen con mis datos. No sé si los acumulan, venden o utilizan para el bien y en contra del mal o no. No he firmado ningún consentimiento, pero es la única manera de aparcar. La excusa de pagar más o menos en función del tipo y edad del vehículo (contaminación) no creo que se la trague nadie. Millones de madrileños dejan constancia cada día de dónde están, por dónde se mueven y cuánto tiempo emplean en cada sitio.

Maarten plantea esos dilemas también. Cree que hay que dar datos, pero ha de ser consentido y el usuario siempre ha de tener la posibilidad de limitar o rescindir su autorización, aunque sabe que eso no es viable hoy por hoy. Propone incentivos, por ejemplo, una empresa que para animar a sus empleados, da días extra de vacaciones a cambio de monitorizarse.
Y ahí me temblaron las piernas. Y me vino a la cabeza el debate sobre la prostitución no me pregunten porqué. Quizás porque vender nuestros datos, es la manera más íntima y sin embargo tolerable, de prostituirnos.
["Is that fun?" "Yes. It´s fun"]

Aplicaciones que te permiten controlar tus finanzas (alguien guarda cada pequeño detalle de tus ingresos, gastos y preferencias), que miden tu salud (alguien guarda registro de los excesos), que te sitúan en el mapa (alguien traza tus desplazamientos), que analizan tu genoma (¡imaginen Gattaca!) o que te mantienen en contacto permanente con todos tus conocidos y una ingente cantidad de desconocidos (people you may know).

Y mientras rumiaba este post, llegó el caso del niño no vacunado que ha enfermado de difteria, y sin pestañear me dije que la vacunación obligatoria era buena y deseable.

Y entonces pienso que soy caótica y contradictoria, porque me sublevo ante una sociedad que te impide dejarte morir, estar solo o triste en tu intimidad, si así lo deseas, pero considero que lo que es beneficioso a todas luces, debe aplicarse.
Resistance is futile y está claro que tengo más de 27 años.

Distopía total. Aunque espero que, al igual que en Star Trek los borg no pudieron asimilarnos, llegará un momento en que cuando nos pidan identificarnos, digamos  "I am Hugh".

Nota: gracias @demostenes_av por la amabilidad de darme la "e" que me había comido y el título del post.

Addenda: Me dice un amigo que sabe de estos asuntos, que su visión es distinta, mucho más optimista. En el fondo, también lo soy yo, pero estoy profundamente convencida que el optimismo solo tendrá sentido si disponemos de la información, y somos conscientes de las implicaciones de actos tan triviales como permitir que nos monitoricen, o regalar nuestras imágenes con el fin de poder compartirlas con nuestros amigos.
Esta convicción es la que me hace creer también que nuestros niños deben aprender a ser productores de tecnología, no solo usuarios, y deben conocer los algoritmos y el código que hay tras todas esas maravillas que disfrutan. No olvidemos que "nos portamos mejor cuando nos sentimos vigilados". Poco a poco nos domesticamos y eso está bien, siempre y cuando, sepamos que lo hacemos y que deseamos hacerlo.

viernes, 22 de mayo de 2015

Pruebas externas.

Estamos finalizando el curso escolar y como todos los padres, ando haciendo equilibrios en la agenda para asistir a todos los eventos, que según me comunica el colegio de mis hijas, tendrán lugar en el plazo de 1 mes. Actuaciones musicales, de teatro, competiciones deportivas, graduaciones, idiomas etc.
No sé si seré una madre "tigre", "helicóptero" o simplemente una madre feliz de serlo, pero lo cierto es que casi nada en esta vida me ha parecido más apasionante que la aventura de ver aprender a mis hijas. Nada tan asombroso como descubrir sus avances, sus miedos, sus pequeños pasos y su capacidad para maravillarse ante lo que el mundo les ofrece. Ser madre, y en esto coincido plenamente con mi marido padre de mis hijas, me hizo comprender en toda su profundidad cuál era mi prioridad en la vida, para qué me esforzaba realmente y qué sentido tenía tratar de hacer de este mundo un lugar mejor.
Ser madre te permite ver a tu hijo, en la cara de otros muchos hijos y transforma a la infancia impersonal en pequeños rostros muy cercanos. No creo que sea imprescindible pasar por la vivencia directa de la maternidad para sentirlo así, pero desde luego, en mi caso fue un proceso inevitable e incuestionable.
Y todos estos rodeos para iniciar una reflexión personal y nada experta, sobre uno de esos "acontecimientos" del mes de mayo: las pruebas externas de evaluación.

Ya en abril leí artículos como éste, en el que alguna asociación de padres, manifestaba su reticencia a realizar la prueba de 3º de primaria. Alegaban falta de información sobre lo que se haría con los resultados de la prueba, si afectaría al expediente académico de sus hijos etc, e incluso facilitaba a los padres que tuvieran dudas, un modelo de "justificante" para negarse a que sus hijos realizasen dichas pruebas, si así lo consideraban oportuno.

No entraré a valorar lo que dicha actitud me sugiere, pero lo que sí es indiscutible es que hace falta mucha transparencia por parte de los agentes implicados y mucha pedagogía por parte de los que sí saben de estas cosas.
Mi hija mayor ha realizado una de estas pruebas recientemente. Yo recibí un email del centro escolar avisándome de la fecha, del carácter censal y obligatorio de la misma y de los fines perseguidos con ella: 
"obtener información del grado de adquisición por parte de los alumnos/as de los conocimientos y destrezas considerados indispensables para continuar con éxito la Educación Secundaria, orientar a la Consejería de educación...y a los propios centros de la eficacia de sus planes y acciones educativas y orientar a los centros para organizar planes de mejora dirigidos a garantizar que todos los alumnos adquieran los conocimientos y competencias correspondientes a la Educación primaria.
Los resultados de dicha prueba, de los que serán uds debidamente informados, no tienen incidencia académica, pero sí se consignarán en el Expediente Académico y en el Historial Académico del alumno."

En tres ocasiones he discutido - o sentido deseos de hacerlo - sobre este tema con personas muy distintas. Un taxista encantador que se negaba a permitir que su hijo hiciera las pruebas, una madre que deseaba que su hija pasara el fin de semana preparando ese examen "tan importante" que tenían en puertas, y un joven con inquietudes políticas e intelectuales sobre la mejora de la educación.
Y pensaba en esas asociaciones de padres que tienen dudas y se resisten, y pensaba, también en la reciente "Premio Princesa de Asturias 2015 en ciencias Sociales" (qué bonita treta del destino, o no, que el primer "princesa" sea para una investigadorA).

En los tres casos dije, o deseé decir, lo mismo: no se puntúa al chiquillo, se evalúa el sistema. En todas las ocasiones, la misma reticencia: "sí, pero".
Sí pero, se consigna en el Expediente Académico. Sí pero, los resultados obtenidos por nuestros hijos nos serán debidamente notificados. Sí pero, la publicación de resultados podría segregar al mostrar puntos de concentración de alumnos por encima/debajo de la media requerida...

Personalmente entiendo todas esas dudas. Yo no las tengo, pero veo que no está de más evitar, en la medida de lo posible, que se produzcan: dando información y estudiando qué mejoras podrían evitar consecuencias indeseables sin perjudicar el objetivo principal.
Tal y como se muestra en este artículo, evaluar, mejora. Conocer, nos permite rectificar a tiempo. Saber que lo estamos haciendo bien, nos estimula a seguir mejorando. Y los beneficiados de este examen ante nosotros mismos, no son otros que nuestros hijos.
Tal vez sea ingenua, pero deseo que evalúen el sistema, y si para hacerlo han de preguntarle a mis hijas lo que saben, hágase.
No necesito saber cómo han hecho la prueba mis hijas. No serviría, probablemente, para nada más que halagarme la vanidad. Las tareas diarias del colegio, los trabajos y ellas mismas, me muestran a diario, que la cosa se desarrolla con normalidad.

Respeto a los padres que desean conocer esos resultados concretos y a los que no desean que sus hijos pasen las pruebas, pero a ninguno de los dos los comprendía, hasta que leí el final del e-mail sobre el Expediente y el Historial Académico. Sigo creyendo en la buena fe del sistema educativo como único principio regulador, pero entiendo que esas palabras siembren dudas en muchas familias.

Y digo yo  ¿no sería posible volver esos datos anónimos, como hacen las empresas de telecomunicaciones con el ingente volumen de datos que manejan, para extraer otro tipo de información? ¿Por qué necesitamos que esos resultados vayan ligados a un niño concreto? ¿Por qué como padres, queremos saber que nuestro cole es el mejor o nuestro niño el más listo? Y sobre todo ¿Por qué nos resistimos a averiguar si estamos fallando en algo?

martes, 12 de mayo de 2015

La chica que quiso escribir una novela del oeste. Presentación de "Españopoly"


Eva Belmonte (izda) y Lucía Méndez (dcha)  minutos antes de la presentación de "Españopoly". Madrid 11/05/2015

Tengo el libro junto al teclado, "Españopoly" se llama. Esdrújula o llana, como cada cual pronuncie "Monopoly", escrito por Eva Belmonte - @evabelmonte -  y publicado por Ariel.
Tiene una dedicatoria preciosa. Para leerla tenía que esperar a llegar a casa pero no lo hice, la leí en el metro. Libros con dedicatoria. De ésas de las de regocijarse.

Si piensas que la presentación de un libro puede ser una delicia, estás en lo cierto. Ésta lo fue, desde el primer momento, en que el editor dedicó el mejor elogio que este tipo de libro puede recibir - "todos los datos que aparecen en el libro están perfectamente documentados" - hasta el último, cuando llegaron las cervezas y las conversaciones en el Irish Rover.

Cogió el micro Lucía Méndez y explicó que "Españopoly", debía ser un libro de barra de bar porque había sacado al escenario la realidad, poniendo fechas, nombres y cargos. Demostrando seriedad, rigor y todo lo que cabe exigir a un periodista.
Recorrió brevemente, algunos de sus capítulos: la Grandeza de España (o cómo a algunos no les basta con ser empresarios y tener éxito, sino que además quieren ser aristócratas), el caso Cañete en la UE, (o cómo resultó que el nivel de exigencia, que fue suficiente para España, no sirvió ante la Unión Europea) o las Cajas rescatadas (agujeros negros sobre los que la sociedad aún no ha hecho catarsis). Habló Lucía, de la sociedad civil harta, de 15M-paRato, de UPyD, de asociaciones como HayDerecho y Civio entre otros y animó a Eva a que perseverara, porque tal vez un día lograría encontrar respuesta a esas cosas que aún desea saber.

[¿Cuánto perdonaron los bancos a los partidos políticos?¿Con quién se reúnen los ministros antes de elaborar un Proyecto de Ley? Y... ¿Cuándo entró Aznar en Endesa?]

Terminó con elegancia y humildad: reconociendo a la persona y a la profesional.

"Es fácil ser una periodista como yo. Lo difícil es ser como Eva, que tras quedarse en paro se reinventó y logró sacar la inspiración del BOE. (Eva) No conozco a tu padre, pero seguro que está muy orgulloso de ti."

Y en ese ambiente un poco de corazón encogido, tomó la palabra y la pantalla, Mauro Entrialgo - @Tyrexito "dibujante, entre otras cosas" - con ocho metáforas visuales que reflejan lo que podríamos encontrar dentro del libro. Fueron ocho y no siete ni seis, sencillamente, porque había cogido un DIN-A3 y lo había dividido por la mitad y otra vez por la mitad y, de nuevo, otra vez por la mitad.
Mientras yo tomaba notas y sacaba fotografías de la pantalla donde iban apareciendo una tras otra las metáforas, el resto del público jugaba al bingo a traición. Sí, al Españobingo, buscando entre las palabras de Lucía, Eva o Mauro cosas como: "venado", "Indulto", "Tribunal Constitucional", "Koplowitz" y "Ley de Contratos del Sector Público" para cantar línea.
Metáforas visuales de Mauro Entrialgo (*)
Podemos encontrar Tragicomedia en cualquiera de las historias que relata Eva. Primero te ríes de la anécdota, luego lo piensas y te quedas "acongojado" de lo que ocurre en tu país. También hay Historia, pero no la tradicional de los triunfadores, ni siquiera la intrahistoria de los pobres, lo que surge es la historia ignorada de los poderosos. E Instrucciones, tan poco útiles para la vida de cualquiera como podrían serlo las de un acelerador de partículas, pero que te permitirán entender frases como "yo no soy marqués porque mi padre no quiso pagar". La cuarta metáfora es un Directorio como todos, lleno de nombres. Un índice onomástico, que gracias a que los poderosos suelen variar poco a lo largo de los años, hará que asocies nombres y anécdotas cuando escuches las noticias. Le siguen la Objetividad, - están todas las fuentes - y las Señales que nos dirán dónde mirar en el maremágnum de información que recibimos cada día, para acabar, cómo no, en la Política - en este punto aclaró entre risas, que el dibujo representaba a una mujer cantando una canción protesta - que no es hablar de los dirigentes, sino interesarse por las cosas del gobierno de un país. Este libro es así, dijo, utiliza la transparencia como forma de animarnos a reaccionar. Y al final, ¿hay tesis?

"Cada uno de nosotros es bueno en algo, es en ese algo donde tiene que meter caña", le respondió Eva, que solo aspira a que cuando se produzca un debate público, sea cual sea el objeto de discusión, se base en hechos. Simplemente saber cómo funciona la Administración Pública, porque solo así podremos proponer mejoras.

Eva, la chica que quiso escribir una novela del oeste, (incluso tenía preparada una anécdota de "Los siete magníficos" pero acabó eliminada. Los vaqueros que salvan al pueblo mexicano - pero, ¿y el resto? -  de los "malosos", fueron sustituidos por el tablero del monopoly y la tarjeta del montón "Suerte" que te permite quedar libre de la cárcel) también tiene deseos raros como por ejemplo, denunciar todos los pliegos de contratos que son abiertamente ilegales.
Y es que sí, es rara, en el sentido más estupendo de la palabra. (**) 


(*) Las imágenes de estas metáforas visuales no hacen justicia a las originales. Eran mucho mejores, pero mi ángulo no era bueno y (¡ay!) tampoco la fotógrafa. Confío en que Mauro me perdone por las modificaciones intruducidas en la presentación de sus dibujos.
(**) La frase desgraciadamente no es mía, se la acabo de robar a Kiko LLaneras (@Kikollan).

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